Hace exactamente setenta años, un 1 de junio de 1956, Fernando Belaunde Terry protagonizó uno de los episodios más simbólicos de nuestra historia democrática: la gesta del “Manguerazo”, el momento en que el líder de Acción Popular enfrentó a la dictadura del general Odría para defender su derecho a participar en elecciones libres.
Belaunde regresó apresuradamente de Cajamarca al enterarse de que el Jurado Nacional de Elecciones, presionado por el poder de turno, pretendía impedir la inscripción de su candidatura.
No se escondió. No negoció principios. Salió a las calles acompañado por jóvenes universitarios y ciudadanos que entendían que la democracia debía defenderse incluso en las circunstancias más adversas.
La policía intentó dispersar aquella movilización con chorros de agua. Las imágenes de Belaunde empapado, sosteniendo una bandera peruana, recorrieron el país y quedaron grabadas en la memoria nacional. Aquel gesto simbolizó algo mucho más profundo que una protesta política: representó el coraje de defender la libertad frente al abuso y la arbitrariedad.
Hoy, el Perú enfrenta otro momento decisivo.
Dentro de pocos días iremos nuevamente a las urnas para definir el futuro de nuestra patria. Y, aunque las circunstancias son distintas, el fondo del dilema sigue siendo el mismo: democracia o aventura; libertad o estatismo; crecimiento o improvisación.
El país llega agotado después de años de enfrentamientos, corrupción, crisis política y profundas divisiones. Muchos peruanos sienten frustración, desconfianza e incluso indignación frente a la clase política. Es comprensible.
Pero precisamente en momentos así es cuando una nación necesita actuar con serenidad y madurez. La segunda vuelta no enfrenta simplemente a dos personas. Enfrenta dos modelos de país. De un lado, una propuesta que apuesta por la estabilidad económica, el crecimiento, la inversión privada y la libertad. Del otro, un proyecto que propone populismo y estatismo, con comprobados casos de corrupción y una lluvia de mentiras que ya han llevado a otros países latinoamericanos al empobrecimiento y la división.
El Perú avanzó durante las últimas décadas gracias a la apertura económica, a la estabilidad monetaria y al esfuerzo de millones de emprendedores que, desde pequeños negocios hasta grandes empresas, apostaron por construir un país mejor. Claro que falta muchísimo por corregir: la desigualdad, la precariedad del Estado, la inseguridad y la corrupción siguen siendo heridas abiertas. Pero destruir lo avanzado no resolverá esos problemas; los agravará.
Por eso creo que hoy se necesita coraje.
Coraje para dejar atrás resentimientos y divisiones. Coraje para entender que el país está por encima de las diferencias personales. Coraje para asumir que, en esta hora difícil, debemos respaldar a Keiko Fujimori como la opción que ofrece mayores garantías de estabilidad, gobernabilidad y defensa de las libertades democráticas.
Mi voto es desde la responsabilidad histórica y desde la convicción de que el Perú no puede caer nuevamente en experimentos improvisados que comprometan su futuro. Fernando Belaunde enseñó que la democracia exige valentía.
El Perú se construye defendiendo principios y no alentando el odio. Gobernar significa convocar a los mejores y respetar acuerdos. Nadie podrá gobernar solo. Hoy necesitamos recuperar ese espíritu. Porque lo que está en juego este 7 de junio es el destino del Perú. Y estamos a tiempo de elegir correctamente.
Publicado en Expreso, 2 de junio de 2026
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