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El Perú es, una vez más, un país de contrastes.
Por un lado, vivimos días de tensión política permanente. Cada semana trae una nueva crisis, un nuevo enfrentamiento, una nueva amenaza de censura o de vacancia. El presidente interino gobierna con la mirada puesta no solo en los desafíos del país, sino también en el Congreso, donde las bancadas responden al compás electoral… como si no estuviéramos a escasas nueve semanas de elegir a un nuevo jefe de Estado.
La ciudadanía observa con frustración y desgano cómo los partidos pasan de ofertas electorales a ataques por el poder con una velocidad asombrosa, como si la política perdiera su sentido de propósito.
Pero, por más dura que parezca la arena política y su transmisión de incertidumbre, la economía cuenta otra historia.
Cerramos el 2025 con un PBI de 3.4 %, y las proyecciones para el 2026 señalan un crecimiento de al menos 3.3 %. No es el crecimiento que el Perú necesita —deberíamos aspirar al doble para reducir pobreza y desigualdad—, pero, si lo analizamos con serenidad, podría ser mucho peor. Y no lo es.
A pesar de la inestabilidad política recurrente, nuestra economía mantiene un rumbo relativamente firme. La inflación está controlada, el tipo de cambio se mantiene estable, las expectativas empresariales en terreno positivo y la inversión privada pinta perspectivas de recuperación. En mucho, esto se debe al excelente trabajo del Banco Central de Reserva, a su timonel, Julio Velarde, y a la empresa privada que, contra viento y marea, apuesta por el Perú.
Esta resiliencia económica también se explica por un contexto internacional favorable. Los precios del cobre y del oro —aunque con algunas correcciones recientes— se mantienen en niveles atractivos.
«A pesar de la inestabilidad política recurrente, nuestra economía mantiene un rumbo relativamente firme».
El mundo está entrando en una nueva fase de transformación tecnológica impulsada por la inteligencia artificial, la electromovilidad y la producción masiva de dispositivos electrónicos. Todo ello requiere minerales críticos. Y el Perú los tiene.
Si actuamos con inteligencia —no artificial, sino humana—, podríamos ingresar a una nueva etapa de crecimiento sostenido. Tenemos recursos, estabilidad macroeconómica y una reputación internacional que, pese a nuestras turbulencias internas, sigue siendo sólida.
Necesitamos ahora una dosis urgente de realismo, serenidad y humildad.
El presidente del BCR lo ha señalado con claridad no hace mucho: la primera tarea del gobierno que surja de las urnas el próximo 12 de abril será construir consensos en el nuevo Congreso. Sin acuerdos políticos básicos, ninguna reforma importante será posible. Sin estabilidad institucional, la inversión se frenará. Sin cooperación entre poderes del Estado, el crecimiento se quedará a medio camino.
El próximo gobierno deberá entender que gobernar hoy significa construir mayorías, dialogar, ceder cuando sea necesario y pensar en el mediano plazo. El país no puede seguir viviendo en un ciclo de crisis políticas.
En los últimos siete años hemos tenido siete presidentes. Y ahora, en medio de un proceso electoral, asistimos a un escenario en el que podríamos llegar a tener ocho mandatarios. Esa inestabilidad tiene un costo enorme en confianza, inversión y oportunidades. No podemos cometer un error que nos costaría muy caro, y –como acaba de decir el embajador de EE. UU., Bernie Navarro–, “deberíamos asegurar unas elecciones dignas y que el presidente siga en funciones”.
La economía es nuestra base más sólida. El contexto internacional puede jugar a nuestro favor. El potencial minero y productivo es enorme. Pero sin estabilidad política, ese potencial difícilmente se convertirá en bienestar. La economía está haciendo su parte. Ahora le toca a la política no perder esta nueva oportunidad.