La relación entre el Perú y los Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más significativos. El nombramiento del nuevo embajador estadounidense en el Perú, Bernie Navarro, se enmarca dentro de un proceso que bien podría calificarse como de plena convergencia entre historia, oportunidad y visión estratégica.
La llegada del embajador Navarro encuentra a nuestra región en un escenario distinto. América Latina vuelve a ocupar un lugar prioritario en la agenda hemisférica de Washington, marcada —entre otros factores— por el proceso de recuperación democrática que deberá consolidarse en Venezuela, luego de décadas de dictadura, corrupción y elecciones alteradas.
Felicitaciones al presidente Donald Trump por haber ayudado a los venezolanos a recuperar su libertad. Sin la ayuda americana, ese proceso hubiera sido imposible. La libertad y la democracia terminan siempre abriéndose paso, y ese mensaje vuelve a ser claro para toda la región.
En este contexto, el Perú aparece como un socio confiable y estable, parte de un eje de equilibrio geopolítico en Sudamérica. No es casual que la presencia del embajador Navarro —empresario vinculado al sistema financiero internacional y cercano al presidente Trump— coincida con una decisión clave: la aprobación de 1 500 millones de dólares para el diseño, equipamiento y construcción de una nueva base naval en el Callao, con tecnología y asesoría técnica de EE. UU.
El Departamento de Estado ha señalado que esta decisión “mejorará la seguridad de un socio importante que es una fuerza para la estabilidad política, la paz y el progreso económico en Sudamérica”. Es una señal potente. Hablamos de cooperación en defensa, pero también de confianza mutua y visión común sobre la seguridad regional. Y si a eso sumamos la posibilidad de que la NASA construya un centro aeroespacial en Talara, el vínculo bilateral se proyecta aún más.
Sabemos que el embajador Bernie Navarro es amigo del presidente Trump y cercano a Marco Rubio, secretario de Estado que impulsa una América Latina como aliada estratégica y mejor amiga.
Este 2026 tiene un valor simbólico: celebramos los 250 años de independencia estadounidense y el bicentenario de nuestras relaciones diplomáticas. Dos aniversarios que reafirman una relación histórica que seguirá fortaleciéndose.
Uno de sus pilares es el Tratado de Libre Comercio, vigente desde hace 17 años, que me cupo el honor de promover. Gracias a él, el Perú modernizó su economía y consolidó sectores competitivos. Una parte importante de los más de 13 mil millones de dólares en agroexportaciones no se entendería sin ese acceso preferencial.
El potencial va más allá. Esta nueva etapa debería atraer más capitales norteamericanos en sectores clave como minería, infraestructura y agroindustria. El Perú ofrece estabilidad macroeconómica y apertura; Estados Unidos, inversión, tecnología y reglas claras.
Además, hay inversión peruana en EE. UU.: 700 millones de dólares en una planta de cemento, así como San Ignacio University, con 18 años en Miami, acreditada y licenciada.
Estamos en posición ideal para elevar nuestra relación bilateral. Felicitaciones, señor embajador Bernie Navarro. El Perú lo recibe con los brazos abiertos para construir un futuro extraordinario.
Artículo de opinión publicado en Expreso, 20 de enero de 2026
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